Yo me olvidé que se hizo ceniza tu pie ligero,
y, como en los buenos tiempos, salí a encontrarte al sendero.
Pasé valle, llano y río y el cantar se me hizo triste.
La tarde volcó su vaso de luz ¡y tú no viniste!
El sol fue desmenuzando su ardida y muerta amapola;
flecos de niebla temblaron sobre el campo. ¡Estaba sola!
Al viento otoñal, de un árbol crujió el blanqueado brazo.
Tuve miedo y te llamé:"¡Amado, apresura el paso!
Tengo miedo y tengo amor, ¡amado, el paso apresura!
Iba espesando la noche y creciendo mi locura.
Me olvidé de que te hicieron sordo para mi clamor;
me olvidé de tu silencio y de tu cárdeno albor;
de tu inerte mano torpeya para buscar mi mano;
¡de tus ojos dilatados del inquirir soberano!
La noche ensanchó su charco de betún;
el agorero búho con la horrible seda de su ala rasgó el sendero.
No te volveré a llamar, que ya no haces tu jornada;
mi desnuda planta sigue, la tuya está sosegada.
Vano es que acuda a la cita por los caminos desiertos.
¡No ha de cuajar tu fantasma entre mis brazos abiertos!
Gabriela Mistral.
sábado, 15 de septiembre de 2007
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